Libreria El Gato Lector

El ritual de la sala vacía: ¿Cómo salvar el cine (y a nosotros mismos)?

Entrar al cine hoy tiene algo de experiencia nostalgica de algo que está cambiando casi de forma nostálgica. Nos encontramos frente a una experiencia en donde la interacción se ha reducido en gran magnitud. Compras un boleto en una pantalla táctil y te sientas en una sala donde, con suerte, compartes el aire con tres o cuatro personas más. Atrás quedaron los días de la «supervivencia del más rápido», donde tenías que lanzar el suéter o la bolsa como un proyectil para apartar tu lugar favorito. No es que extrañe la pelea y el desorden, pero sí extraño el peso de la presencia humana y sobre todo, compartir la expresión de los demás espectadores, escucharlos, ver sus rostros en la oscuridad.

Hoy, las estadísticas son desalentadoras. Según los últimos reportes de consumo cultural de 2025 y lo que va de 2026, el promedio de asistencia al cine ha bajado a apenas 2.4 veces por año por persona en áreas urbanas, mientras que la lectura de libros físicos se mantiene estancada en 1.5 ejemplares anuales. Los conciertos de música clásica, danza y teatro, aunque resisten, se han vuelto eventos de nicho o lujos de «una vez al año». Estamos consumiendo arte, sí, pero lo hacemos solos, tras una pantalla y en dosis de quince segundos.

Al puro estilo de una ciencia ficción, por supuesto inclinada al terror, nos estamos sumergiendo en una burbuja que no da indicios de que vaya explotar, pero que al contrario cambia su composición con más rigidez y que aísla a la gente en cuestión de productos artísticos. Ojo, hagamos la diferenciación de productos de entretetenimiento comercial y los que son propuestas hasta cierto punto inovadoras, o simplemente fuera del circuito comercial.

Aunque en mi eperiencia puedo observar que el cine sí está llenando salas, pero están dedicadas a blockbusters o películas infantiles, que funcionan como guarderías temporales, o películas que apelan al morbo más básico —esas nuevas adaptaciones de clásicos como Cumbres Borrascosas que buscan el impacto fácil—. Pero esto no es una queja sobre la taquilla o la preferencia del público. Se trata de habitar el espacio y hacer nuestro el cine nuevamente, para vivirlo como se debe, de forma colectiva.

Más allá de la cita romántica

Hemos romantizado demasiado la visita al cine como un «plan de pareja». Es hora de romper esa barrera y volver a ir al cine por el puro placer del hallazgo personal. Pero, sobre todo, debemos dejar de ver la sala como un refugio de aislamiento para convertirla en un espacio de charla colectiva (pero por favor no te la pases hablando durante la proyección, jajaja).

Un llamado a la insurgencia cultural

Para salvar el cine, hay que ensuciarse las manos. Mi propuesta es clara: tomen los espacios. Roba una película (metafóricamente o no): Proyéctala en una pared, en un garaje, en una plaza.

  • Incomoda al espectador: No busques solo lo bonito. Proyecta algo traumático, algo que duela, algo que nos advierta sobre el pasado para no repetirlo.
  • Rompe la élite: Basta de los juicios de las esferas escolares y artísticas que nos dicen qué «debe» gustarnos. La opinión del experto no vale más que la emoción de quien ve una obra por primera vez.

La lección del Gato Lector

Si algo he aprendido en espacios como el Gato Lector, es que la gente tiene una necesidad voraz de ser escuchada. Cuando abres la conversación con otras generaciones —con los más jóvenes que traen ojos nuevos y con los mayores que cargan con el contexto—, la experiencia deja de ser individual.

Hay que aprender a odiar en comunidad, a emocionarse a coro y a discutir sin miedo. No defiendas tus ideales como si fueran una armadura; ábrelos, deja que la película los golpee y escucha lo que el desconocido de al lado tiene que decir.

Tomemos los espacios públicos. Sigamos creando, proponiendo y, sobre todo, no dejemos que muera el cine —ni ningún arte que nos apasione— por culpa de la comodidad del silencio.

El cine está vivo, pero solo si lo habitamos juntos.

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