Platicar sobre la promoción de lectura suena a algo maravilloso. En nuestra utopía lectora, imaginamos grupos llenos, conversaciones profundas y personas deseosas de compartir lo que un libro les hizo sentir. Nada podría salir mal…
Salvo que, de pronto y sin previo aviso, los asistentes dejan de venir… y la conversación se reduce a la mediadora de lectura. ¿Te ha pasado? ¿Te da miedo que pase?
Si respondiste que sí, quédate. Hoy quiero contarte lo que ocurrió cuando uno de mis primeros círculos de lectura se redujo a: yo… y la señora que atiende el “Café Frappé”.
Los ánimos estaban altos. Era nuestra tercera lectura y ya éramos siete asistentes (conmigo, ocho). Estábamos leyendo Voces del desierto, de Nélida Piñón: un libro retador, sí, pero lleno de posibilidades para conversar largo y tendido.
18:00 h. Nadie llegaba. “Tranquila, María, aún es temprano… demos 15 minutos”, me decía a mí misma. 18:30 h. Seguía sola.
18:50 h. Era un hecho: nadie vendría. Un par de mensajes aparecieron en el chat: “No he salido del trabajo, no creo llegar.” “No llego, nos vemos la siguiente semana.”
Me quedé con mi café hasta las 20:00 h, por si alguien aparecía de improviso. Nadie llegó. La semana pasó volando y llegó la siguiente sesión. Esta vez, mis pensamientos ya no eran tan amables:
“Seguro no les gustó tu mediación.” “Hay mediadores mejores que tú.” “No estás entendiendo el libro…”
18:20 h. Nadie. Hasta que, de pronto, llegó uno de los lectores: Erick
Sentí un alivio profundo. Al menos uno había vuelto. Nos sentamos y comenzamos a platicar… y llegamos a una conclusión tan simple como liberadora:
“No le estoy entendiendo nada.”
Ese libro nos estaba rebasando y entonces recordamos a Daniel Pennac y su decálogo del lector:
tenemos derecho a no terminar un libro (Sin culpa).
Esa misma noche escribí en el chat del grupo: “Amigos, creo que esta lectura no está conectando con nosotros. Puede sentirse difícil o confusa, así que propongo cambiar de libro. Les dejo una encuesta para que votemos.”
Todos estuvieron de acuerdo, elegimos un nuevo título… y algo cambió.
La participación volvió, las conversaciones fluyeron y el círculo comenzó, poco a poco, a afianzarse.
Hoy miro hacia atrás y entiendo que no siempre se trata de insistir, sino de escuchar: al grupo, al momento… y también al libro.
Si tienes —o quieres tener— un círculo de lectura, ojalá esta anécdota te acompañe. Porque sí, a veces se siente abrumador. Pero también, cuando encuentras el ritmo, se vuelve profundamente significativo.
Y si tienes una historia similar, me encantará leerte. En esto de mediar lecturas, nadie debería sentirse solo.
Gracias por leer, hasta la próxima.
Abrazos felinos, María 🐱📚