Cada año, cuando se acerca la esperada entrega los Oscars, ocurre un fenómeno muy curioso: de pronto todos somos amantes de esa experiencia a oscuras en la sala de cine. Críticos, periodistas, influencers o fanáticos que no han pisado una sala desde 2007 porque todo está en algún stream… todos coinciden en algo. Siempre hay una película —o varias— que son descritas con la misma frase solemne: “Es una carta de amor al cine.”
Y es que al parecer, si un producto cinematográfico tiene un desbordamiento de pasión por el cine, automáticamente se convierte en merecedor de un galardón. Como si todo se tratara de rendir homenajes pero dejar de lado el espíritu creativo y vanguardista del cine. Me imagino a la Academia, sacando su termómetro con el último objetivo de verificar qué tan fuerte late el espíritu cinéfilo en cada cinta.
La frase se repite tanto que ya parece parte del protocolo de la temporada de premios. Funciona para todo: para justificar un guion, para explicar una dirección, para cerrar una reseña cuando ya no sabemos muy bien qué más decir. Sin embargo, más allá de ser una sentencia que enmarca lo poco que tenemos para decir en temas «sensibles», o para desentrañar el tejido de un proyecto cinematográfico, solo demustra que seguimos pensando en las premiaciones como una romantización de lo que vemos en la pantalla.
Pero lamento destruir las ilusiones que hay entorno a este premico, porque sí, señoras y señores, el Oscar es totalmente una decisión política llevada a su punto más mediatico posible. Los Oscars son, ante todo, una conversación pública donde Hollywood decide qué historias quiere celebrar sobre sí mismo. Es una ceremonia en la que la industria se mira al espejo y dice: “Esto somos, o al menos esto nos gustaría que el mundo piense que somos.”
Por eso cada año las películas favoritas parecen dialogar perfectamente con el clima cultural del momento. Siempre hay historias que encajan con las tensiones sociales del presente, con las discusiones políticas del momento o con la necesidad de Hollywood de mostrarse consciente, sensible o progresista frente a la audiencia global. La película que habla de migración, la que explora el duelo desde una perspectiva íntima, la dirigida por alguien que históricamente no había tenido espacio en la industria, la que aborda una herida cultural que de pronto se vuelve imposible de ignorar.
Creeánme que nada de esto invalida el talento o la calidad de esas películas. Muchas de ellas son extraordinarias, profundamente conmovedoras o técnicamente impecables. Pero también conviene reconocer algo que a veces preferimos pasar por alto: el Óscar no existe para definir qué es arte. El Óscar existe para definir qué historia le conviene contar a Hollywood sobre sí mismo en un momento específico de la historia.
Y aun así, o quizá precisamente por eso, es divertido verlo. Porque los Óscar también son espectáculo: una industria gigantesca celebrándose a sí misma frente al resto del planeta. Un ritual anual donde todos fingimos que estamos presenciando un veredicto definitivo sobre el arte, cuando en realidad estamos viendo algo mucho más humano: una comunidad cultural intentando definir quién quiere ser.
Tal vez el problema empieza cuando confundimos ese espectáculo con un juicio absoluto sobre el valor del cine. Porque el cine, por suerte, es mucho más grande que esa ceremonia. Gran parte de las películas más interesantes del mundo jamás pisan esa alfombra roja. Están en festivales pequeños, en cinematografías latinoamericanas que apenas llegan a las salas, en historias filmadas lejos de Hollywood donde nadie está pensando en campañas de premios ni en discursos de aceptación.
Ahí, en esos márgenes menos iluminados, el cine suele ser más extraño, más libre, más impredecible. Y a veces también más honesto.
Así que sí, veamos los Óscar. Disfrutemos el drama de las nominaciones, el morbo de los ganadores inesperados y el inevitable debate de quién “merecía ganar”. Pero quizá también conviene recordar que el arte no se decide en una sola noche ni en un solo escenario.
Porque al final la pregunta realmente interesante no es qué película ganó el Óscar. La pregunta interesante es cuál de todas las películas que vemos —las premiadas y las invisibles— termina diciéndonos algo verdadero sobre el mundo que habitamos. Veamos cine, celebremos en las salas, difundiendo los materiales que consideramos interesantes y probemos nuevas perspectivas de lo que la agenda nos marca.
Y esa, no lo olviden, sigue siendo una decisión completamente nuestra. 🎬